El compromiso de Kendrick

Tras el éxito de “good kid, m.A.A.d city”, lanzado en octubre de 2012, el rapero Kendrick Lamar vuelve a la palestra con un nuevo ábum: “To Pimp a Butterfly”. Armado de jazz y funk hasta los dientes, K-Dot cambia el compromiso con uno mismo por el compromiso para la comunidad que siente como suya, la comunidad negra, el ghetto. Dos trabajos muy distintos con un elemento en común: las voces de los que ya nos han dejado.

Portada de "To Pimp a Buttefly", álbum que ha sido estrenado hoy 16 de marzo.

Portada de “To Pimp a Buttefly”, álbum que ha sido estrenado hoy 16 de marzo.

Poca gente conocía a Kendrick Lamar en 2010, cuando ya contaba con veintidos años. El chico de Compton publicaba “Overly Dedicated”, ganando cierto prestigio en la west coast. Era un rapero inteligente, habilidoso en rimas y con un cierto mundo interno que resultaba más que interesante. Su visión del mundo de la droga, del trapicheo, distaba mucho de aquella que otros artistas del género portaban como bandera. Lamar no rehuía sus orígenes; los portaba orgulloso como cicatrices de guerra, pero entre sus intenciones no estaba la de perpetuar ese universo sino más bien la de acabar con él.

Musicalmente, Kendrick siempre ha sabido con quien rodearse. Junto a Schoolboy Q, Ab-Soul y Jay Rock formó el colectivo Black Hippy y ya en 2011 dio a luz “Section.80”, su primer álbum independiente. De esta forma llegaba a los oídos de un gigante del rap yankee como Dr. Dre, quien vio el talento y quiso modelarlo. Lo apadrinó y lo firmó para el sello Aftermath, con el que sacaría el álbum que cambiaría su carrera para siempre. Antes de aquello, el propio Dre junto a otras dos leyendas como Snoop Dogg o The Game se encargaron de proclamarlo “nuevo rey de la Costa Oeste”. Un personaje egocéntrico como Game no se limitó a ello, y en su trabajo “The R.E.D. Album” le concedía un privilegio único: un cierre estelar del tema “The City”. A cappella y derrochando talento, asumiendo el protagonismo.

El “good kid, m.A.A.d city” de Kendrick desbordó a todos. Se trataba de un álbum conceptual de los que ya no se hacían, una “pequeña historia de sí mismo”, como la proclamó. Desde la vieja caravana en la que vivía con su familia hasta los asesinatos presenciados, pasando por su alcoholismo. Cada canción tenía una historia, un sentido, una conexión con la siguiente. Canciones que, además, casaron muy bien con la industria, lo que lo convirtió en el “rapero del año” para GQ, entre otros reconocimientos.

La carrera de Kendrick Lamar no hacía más que despegar pero, en cierto modo, algo comenzaba a torcerse. La fama, el dinero, no lograba saciar las inquietudes y las penas de ese sombrío mundo interno, pero sí lo confundía. En verano de 2013, Lamar se proclamaba “rey de Nueva York” en una colaboración con Big Sean titulada “Control”. Todo un ataque a la east coast por parte de alguien de la west coast, reviviendo viejas rencillas que parecían selladas con la muerte de Notorious B.I.G. y Tupac Shakur, sus dos mayores influencias. El chico, además, desafiaba a muchos de sus colegas a “batirse” con él. Estaba en una nube.

Hasta que recordó su condición de mariposa y su propósito. Cambiar, de alguna forma o de otra, el mundo. Ser relevante. Aquel rapero que jugaba con la música haciendo de tan amplio género algo nimio para calificar su arte recuperaba su verdadera intención para con la música. Su compromiso. Recordó su poder y el sufrimiento de todos aquellos que hicieron posible su figura, su grandeza individual; tenía una deuda.

La portada de “To Pimp a Butterfly” tiene mucho que ver con la historia pero también con la actualidad de los Estados Unidos de América. Las muertes de Trayvon Martin y Michael Brown, entre otras, han devuelto al estrado un tema que siempre había estado presente de alguna forma: la discriminación racial. Kendrick respondía con una portada en la que la Casa Blanca aparece tomada por negros que, por su apariencia, no parecen proceder de otro lugar que no sea del ghetto, aquel lugar marginado por las autoridades y donde la Justicia es ciega. En el suelo yace un juez blanco con los ojos tachados. Toda una declaración de intenciones.

To Pimp a Butterfly” es la lucha de la mariposa contra la industria que explota su talento en busca de adormecer su conciencia crítica, de neutralizar su sentido de lucha, justicia e igualdad. Kendrick Lamar toma de la mano al jazz y al funk para crear un álbum único que, siendo radicalmente diferente, logra superar el desafío que se había puesto tres años atrás. Pidiendo perdón por los pecados cometidos reivindicando la historia afroamericana entre un gran ámbito de productores donde destaca Terrace Martin.

Progresivamente y al final de ciertos tracks, Kendrick se encarga de ir reconstruyendo un poema que en el tema final lo unirá con su ídolo en una conversación ficticia. A raíz de los extractos de una entrevista en una radio sueca, Tupac Shakur dialoga con su pupilo acerca del devenir no sólo de la de la comunidad negra sino de los oprimidos en general. Kendrick le plantea a Pac una metáfora por la cual la oruga, prisionera del ghetto, y la mariposa, el talento que surge de él, son completamente diferentes, pero el mismo ser. Kendrick no encuentra respuesta; Pac se ha esfumado. Él es su legado. Él hereda su compromiso.

José Ignacio Cejudo. @JICejudo

Legado.

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