COLUMNA. Fuera de aquí, señora

Correrían las diez y cuarto de la noche del viernes pasado por Barcelona. A esa hora me encontraba en un pisito del carrer Sant Pere Mitjà comiendo gambas recién compradas de la Boquería, viendo algo en la tele. De pronto, y como siempre desde hacía unas semanas atrás según me contaron, empezamos a escuchar cazos, cacillos, cacerolas, cubiertos, tapaderas metálicas y demás instrumentos de cocina unos contra los otros. Los vecinos del Born protestaban todas las noches a las 10 por el derecho a decidir de esa forma, haciendo caceroladas hasta que aquello llegase a oídos de no sé quién que les dejasen hacer la consulta, referéndum o simulacro, pero con garantías y en buenas condiciones.

Si uno se pasea por el barrio puede ver carteles caseros en los balcones de los vecinos, y no uno ni dos ni tres. Piden por favor que se respete su descanso, que al salir de los bares los vasos de cristal y los gritos se dejen dentro del local, que la música no entre por las ventanas de sus dormitorios y que no se permitan más terrazas en la zona. Los catalanes si no es por A es por B, pero pedir que no falte, todos tienen derecho a decidir qué quieren en su país y ellos no quieren ruidos pasada cierta hora.

La calle donde me hospedaba era una más entre tantas otras en la Ciudad Condal. Estrecha, con locales a ambos lados, muchos balcones con banderas independentistas, su plaza al final, su tienda de piadina al principio. Enfrente y entre los protestantes de aquella noche en la que corría un viento que aquí en el sur llamaríamos ‘pelúa’ y allí al norte del norte no sabrían definir, estaba el individuo de esta columna. Su nombre lo desconozco, su edad tampoco la sé. Cazos en mano allí estaba él, con su bandera catalana en el balcón y sus ganas de votar el domingo de manera normal. Mientras golpeaba sus utensilios culinarios y hablaba con las vecinas del primero de mi edificio pero un bloque más a la derecha, una mujer lo increpó desde la calle, diciendo que estaban hartos ya de tanta cacerolita y tanta protesta, que los dejaran descansar de tanta reivindicación tontuna y se metiera en su casa, que no eran horas de dar la lata. Nuestro amigo a esto le contestó “fuera de aquí, señora”, mientras tocaba su bandera haciéndola ondear, demostrándome a mí y a todo el que mirara la realidad independentista: que gilipollas hay en todos sitios.

Por Carlos Frías Cruz.

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